Como el tema es amplio, me centraré en una situación recurrente dentro de la carrera que estudio, ya sea por lo habitual que se ha hecho o por la propiedad que me otorga el haber sido espectadora.
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¿Se puede renegar de la literatura tras haberse empapado de ella?
Existen dos eventualiades para despreciarla una vez que se le ha amado con frenesí: una, haber descubierto lo sórdido dentro de ella y la influencia nociva que ésta tiene para la existencia y las relaciones interpersonales; dos, haber sido devastado por la crítica literaria luego de intentar dar esbozo a algún proyecto infructuoso, como en la mayoría de los casos sucede con la lírica.
Es muy probable que se manifiesten rasgos sintómaticos producto del fracaso. Todo estímulo, sea positivo o negativo, siempre es sucedido por una reacción, la cual puede presentarse dentro de la circunstacia en la que acontece, o bien, mediante un acto inconsciente, pero notorio. Como en este caso sería el repudiar a todo aquel que explicite interés por las artes literarias, apabullándole de preguntas capciosas para hacerle dubitar y desertar de sus aspiraciones estéticas, utilizando como recurso la autoridad que representa para así hacer más creíble su postura y cobrar mayor fuerza en el acto de aplastar, y por supuesto, para no ser refutado.
La pregunta de rigor estaría apuntada a la eticidad del ejercicio de poder en las aulas, dado que la mayor parte de los casos de extorsión intelectual ocurren en la sala de clases por parte del docente, más frecuente aún en las universidades.
¿Es suficiente con la rendición de exámenes para marcar la diferencia entre estudiante-profesor, o es que acaso deben utilizarse otros medios para ello?
¿Es realmente necesario realizar la separación, en cuanto a autoridad, entre docente y estudiante?
¿Con qué fin se realiza tal separación?
¿Es acaso el temor a ser superado lo que gatilla tales conductas casi patológicas?
Preguntémosle a Foucault.