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12 de marzo de 2012

UNA EPISTEME JUDEOCRISTIANA



La época en que vivimos no es, pues, atea. Tampoco parece poscristiana, o apenas. En cambio, sigue siendo cristiana, y mucho más de lo que parece. El nihilismo surge de las turbulencias producidas en la zona de pasaje entre el judeocristianismo todavía muy presente y el poscristianismo que despunta con modestia, ambos en un ambiente donde se entrecruzan la ausencia de los dioses, su presencia, proliferación, multiplicidad caprichosa y extravagancia. El cielo no está vacío, sino, por el contrario, lleno de divinidades fabricadas de un día para otro. La negatividad proviene del nihilismo propio de la coexistencia entre un judeocristianismo decadente y un poscristianismo aún en el  limbo.

Mientras esperamos una era abiertamente atea, debemos tratar con una episteme judeocristiana imponente y tenerlo muy en cuenta. Sobre todo porque las instituciones y los secuaces que la han encarnado y
transmitido durante siglos ya no disponen de la exposición  y visibilidad que los hacía identificables. La desaparición de la práctica religiosa, la aparente autonomía de la ética con respecto a la religión, la pretendida indiferencia con relación a las apelaciones papales, las iglesias vacías los domingos -aunque no para las bodas y menos aún para los entierros...-, la separación de la Iglesia y el Estado, todos esos  signos dan la impresión de que vivimos en una época que se preocupa poco por la religión.


Cuidado... Quizá la desaparición aparente no oculta la presencia  poderosa, eficaz y determinante del judeocristianismo. La disminución  de la práctica no significa el retroceso de la creencia. Mejor dicho: la
correlación entre el fin de una y la desaparición de la otra es un error  de interpretación. Incluso podemos pensar que el fin del monopolio de  los profesionales de la religión sobre lo religioso ha liberado lo irracional y generado una profusión mayor de lo sagrado, de la religiosidad y de la sumisión generalizada a la sinrazón.

La retirada de las tropas judeocristianas no modifica en nada su poder y su dominio sobre los territorios conquistados, que mantienen y administran desde hace casi dos milenios. La tierra es una prueba y la geografía un testimonio de su antigua presencia y de su infusión ideológica, mental, conceptual y espiritual. Aun retirados, los conquistadores siguen estando presentes porque han conquistado los cuerpos, las almas, la carne y el espíritu de la mayoría. Su repliegue estratégico no significa el fin de su dominio efectivo. El
judeocristianismo deja tras de sí una episteme y un soporte sobre el cual se llevan a cabo todos los intercambios mentales y simbólicos. Sin el sacerdote o su sombra, sin el religioso o sus adulones, dos milenos de historia y dominación ideológica continúan sometiendo, forjando y formateando a los sujetos. De ahí la permanencia y actualidad de la lucha contra esa fuerza mucho más amenazadora por cuanto da la impresión de haber caducado. Desde luego, muchos no creen en la transubstanciación, la virginidad de María, la inmaculada concepción, la infalibilidad del Papa y  otros dogmas de la Iglesia católica, apostólica y romana. ¿La presencia efectiva y no simbólica del cuerpo de Cristo en la hostia o en el cáliz? ¿La existencia del Infierno, del Paraíso o del Purgatorio con sus respectivas geografías y lógicas propias? ¿La realidad de un limbo donde languidece el alma de los niños muertos antes del bautismo? Ya nadie acepta esas tonterías, ni siquiera y sobre todo numerosos católicos fervientes que van a misa todos los domingos.

¿Dónde, pues, se halla el sustrato católico?  ¿Dónde la episteme judeocristiana? En el concepto de que la materia, lo real y el mundo no agotan la totalidad. Algo queda fuera de las instancias explicativas dignas de ese nombre: fuerza, potencia, energía, determinismo, voluntad y querer. ¿Después de la muerte? No es posible que no haya nada; seguramente, algo hay... Para explicar lo que ocurre: ¿una serie de causas, enlaces racionales y deducibles? No del todo, algo desborda la serie lógica. El espectáculo del mundo: ¿absurdo,irracional, ilógico, monstruoso, insensato? No, sin duda.  Algo debe existir que justifique, legitime y dé sentido... Si no...


La creencia en algo genera una superstición eficaz que explica que a falta de otra cosa el europeo se entregue a la religión dominante -la de su rey y su nodriza, escribe Descartes...- del país donde nació.
Montaigne afirma que somos cristianos como somos picardos o bretones. Y muchos individuos que se creen ateos profesan sin darse cuenta una ética, un pensamiento y una visión del mundo atravesada
de judeocristianismo. Entre la oración de un sacerdote sincero sobre la excelencia de Jesús y los elogios de Cristo que hizo el anarquista Kropotkin en  La ética, buscamos en vano el abismo, aunque sea la grieta...

El ateísmo presupone renunciar a la trascendencia. Sin excepción. Del mismo modo obliga a superar las experiencias cristianas. Almenos, a inventariar y examinar libremente las virtudes presentadas como tales y los vicios afirmados en forma categórica. La revisión laica y filosófica de los valores de la Biblia y su conservación, por lo tanto su uso, no son suficientes para elaborar una ética poscristiana.

En la Religión en los límites de la razón, Kant propone una ética laica. Al leer este texto mayor para la constitución de una moral laica en la historia de Europa, descubrimos la formulación filosófica de un
inextinguible fondo judeocristiano. La revolución se observa en la forma, el estilo y el vocabulario, y es evidente con relación al aspecto y a las apariencias, es cierto, ¿pero cuál es la diferencia entre la ética
cristiana y la de Kant? Ninguna... La montaña kantiana ha parido un ratón cristiano.

¿Nos reímos de las palabras del Papa sobre la condena del preservativo? Pero aún nos casamos por la Iglesia, para complacer a la familia y a los suegros,  afirman los hipócritas. ¿Sonreímos ante la lectura del Catecismo... si tenemos, al menos, la curiosidad de consultarlo? Pero el número de entierros civiles es ínfimo... ¿Nos burlamos de los curas y sus creencias? Pero recurrimos a ellos para las bendiciones, esas indulgencias modernas que reconcilian a los hipócritas de ambos bandos: los solicitantes transigen con sus
allegados y, a la vez, los celebrantes recuperan algunos clientes...




Michel Onfray, Tratado de ateología


25 de diciembre de 2009

El examen (selección), Michel Foucault


El examen combina las técnicas de la jerarquía que vigile y las de la sanción que normaliza. Es una mirada normalizadora, una vigilancia que permite calificar, clasificar y castigar. Establece sobre los individuos una visibilidad a través de la cual se los di­ferencia y se los sanciona. A esto se debe que, en todos los dis­positivos de disciplina, el examen se halle altamente ritualizado. En él vienen a unirse la ceremonia del poder y la forma de la experiencia, el despliegue de la fuerza y el establecimiento de la verdad. En el corazón de los procedimientos de disciplina, mani­fiesta el sometimiento de aquellos que se persiguen como objetos y la objetivación de aquellos que están sometidos. La superpo­sición de las relaciones de poder y de las relaciones de saber ad­quiere en el examen toda su notoriedad visible

(...)

Porque en esta pobre técnica se encuentran implicados todo un dominio de saber, todo un tipo de poder. Se habla a menudo de la ideología que llevan en sí, de manera discreta o parlanchína, las "ciencias" humanas. Pero su tecnología misma, ese pequeño esquema operatorio que tiene tal difusión (de la psiquiatría a la pedagogía, del diagnóstico de las enfermedades a la contratación de mano de obra), ese procedi­miento tan familiar del examen, ¿no utiliza, en el interior de un solo mecanismo, unas relaciones de poder que permiten obtener y constituir cierto saber? No es simplemente al nivel de la con­ciencia, de las representaciones y en lo que se cree saber, sino al nivel de lo que hace posible un saber donde se realiza la actua­ción política.

(...)

El examen lleva consigo todo un mecanismo que une a cierta forma de ejercicio del poder cierto tipo de formación de saber.


1) El examen invierte la economía de la visibilidad en el ejer­cicio del poder. Tradicionalmente el poder es lo que se ve, lo que se muestra, lo que se manifiesta, y, de manera paradójica, encuen­tra el principio de su fuerza en el movimiento por el cual la des­pliega. Aquellos sobre quienes se ejerce pueden mantenerse en la sombra; no reciben luz sino de esa parte de poder que les está concedida, o del reflejo que recae en ellos un instante. En cuanto al poder disciplinario, se ejerce haciéndose invisible; en cambio, impone a aquellos a quienes somete un principio de visibilidad obligatorio. En la disciplina, son los sometidos los que tienen que ser vistos. Su iluminación garantiza el dominio del poder que se ejerce sobre ellos. El hecho de ser visto sin cesar, de poder ser visto constantemente, es lo que mantiene en su sometimiento al indi­viduo disciplinario. Y el examen es la técnica por la cual el po­der, en lugar de emitir los signos de su potencia, en lugar de im­poner su marca a sus sometidos, mantiene a éstos en un mecanismo de objetivación. En el espacio que domina, el poder disciplinario manifiesta, en cuanto a lo esencial, su poderío acondicionando objetos. El examen equivale a la ceremonia de esta objetivación.


(...)

2) El examen hace entrar también la individualidad en un cam­po documental. Deja tras él un archivo entero tenue y minucioso que se constituye al ras de los cuerpos y de los días. El examen que coloca a los individuos en un campo de vigilancia los sitúa igualmente en una red de escritura; los introduce en todo un espesor de documentos que los captan y los inmovilizan. Los procedimien­tos de examen han ido inmediatamente acompañados de un siste­ma de registro intenso y de acumulación documental. Constituyese un "poder de escritura" como una pieza esencial en los engranajes de la disciplina. Sobre no pocos puntos, se modela de acuerdo con los métodos tradicionales de la documentación administrativa. Pero con técnicas particulares e innovaciones importantes. Unas conciernen a los métodos de identificación, de señalización o de descripción.

(...)

Las otras innovaciones de la escritura disciplinaria conciernen la puesta en correlación de estos elementos, la acumulación de los documentos, su puesta en serie, la organización de campos compa­rativos que permiten clasificar, formar categorías, establecer medias, fijar normas.

(...)

Gracias a todo este aparato de escritura que lo acompaña, el examen abre dos posibilidades que son correlativas: la constitu­ción del individuo como objeto descriptible, analizable; en modo alguno, sin embargo, para reducirlo a rasgos "específicos" como hacen los naturalistas con los seres vivos, sino para mantenerlo en sus rasgos singulares, en su evolución particular, en sus aptitudes o capacidades propias, bajo la mirada de un saber permanente; y de otra parte la constitución de un sistema comparativo que per­mite la medida de fenómenos globales, la descripción de grupos, la caracterización de hechos colectivos, la estimación de las desvia­ciones de los individuos unos respecto de otros, y su distribución en una "población".


(...)

3) El examen, rodeado de todas sus técnicas documentales, hace de cada individuo un "caso": un caso que a la vez constituye un objeto para un conocimiento y una presa para un poder. El caso no es ya, como en la casuística o la jurisprudencia, un conjunto de circunstancias que califican un acto y que pueden modificar la aplicación de una regla; es el individuo tal como se le puede des­cribir, juzgar, medir, comparar a otros y esto en su individualidad misma; y es también el individuo cuya conducta hay que encauzar o corregir, a quien hay que clasificar, normalizar, excluir, etcétera.


(...)


Finalmente, el examen se halla en el centro de los procedimien­tos que constituyen el individuo como objeto y efecto de poder, como efecto y objeto de saber. Es el que, combinando vigilancia jerárquica y sanción normalizadora, garantiza las grandes funciones disciplinarias de distribución y de clasificación, de extracción má­xima de las fuerzas y del tiempo, de acumulación genética conti­nua, de composición óptima de las aptitudes. Por lo tanto, de fabricación de la individualidad celular, orgánica, genética y com­binatoria. Con él se ritualizan esas disciplinas que se pueden ca­racterizar con una palabra diciendo que son una modalidad de poder para el que la diferencia individual es pertinente.



De "Vigilar y castigar".



Sórdida la weaita, ¿no?

Como Foucault es el eterno inclasificable (pese a que se le ha relacionado con el estructuralismo, postestructuralismo, biopolítica, cultura leather, VIH y otras manos jajaja), dejaré esta entrada bajo la categoría de "filosofía", aunque sé que abarca mucho más... pero igual po!

Tengo una caña espantosa de vino en botella... yo cacho que es porque estoy acostumbrada al cartoné, al chimbombo y al litreao ojojojjjjjjjjjj


14 de octubre de 2008

Selección de aforismos de Friedrich Nietzsche.



Al admirar demasiado las virtudes ajenas se puede perder el sentido de las propias, y no ejerciéndolas, olvidarlas completamente, sin poder reemplazarlas por las ajenas.
(Humano, demasiado humano)


El querer libera, pues querer es crear.
(Así habló Zaratustra)

El amor desea, el temor evita. En esto consiste que no se pueda ser al mismo tiempo amado y respetado por una misma persona, por lo menos al mismo tiempo. Pues el que respeta reconoce el poder, es decir, teme; su estado es un temor respetuoso. Pero el amor no reconoce ningún poder, nada que separe, que distinga, que establezca superioridad e inferioridad de rango.
(Humano, demasiado humano)


Lo que se hace por amor se hace también más allá del bien y del mal.
(Más allá del bien y del mal)


Es preciso saber amarse a sí mismo, con amor sano y saludable, para saber soportarse a sí mismo y no vagabundear.
(Así habló Zaratustra)


El arte y nada más que el arte. ¡Él es el que hace posible la vida, gran seductor de la vida, el gran estimulante de la vida!
(El ocaso de los ídolos)


Se está sano cuando se ríe uno de la seriedad y el ardor con que se hipnotiza sobre un contecimiento cualquiera de la existencia, cuando el remordimiento nos hace experimentar algo que se parece al asombro del perro que muerde una piedra, cuando se tiene vergüenza de arrepentirse.
(La voluntad de poder)


El cinismo es la única forma bajo la cual las almas bajas rozan lo que se llama sinceridad.
(Más allá del bien y del mal)


Compadecer equivale a despreciar.
(Aurora)


El silencio en que caemos ante lo bello es un profundo esperar, un querer oír las más finas y lejanas tonalidades; nos conducimos como una persona que fuera todo oídos y ojos; la belleza tiene algo que decirnos, por eso guardamos silencio y no pensamos en lo que en otra ocasión pensaríamos. Por consiguiente, nuestro silencio, nuestra expectación, nuestra paciencia, es una preparación y nada más. Esto es lo que sucede en toda "contemplación".
(Ecce homo)


La crueldad es el remedio del orgullo herido.
(Tratados filosóficos)


No se odia mientras se menosprecia. No se odia más que a su igual o a su superior.
(Más allá del bien y del mal)


Cuanto más alto es el intelecto, más aumenta el perímetro del dolor y del placer, así como su imperio y su grado.
(Tratados filosóficos)


Cuando la virtud ha dormido, se despierta más fresca.
(Humano, demasiado humano)


A despecho del espanto y de la piedad, saboreamos la felicidad de vivir, no en cuanto individuos, sino en la unidad de la vida, confundidos y absorbidos en su placer creador.
(El nacimiento de la tragedia)


Lo que nos hace más felices que los animales son los grandes falseamientos y las grandes interpretaciones.
(Filosofía general)


Cuanto más nos elevarnos, más pequeños parecemos a las miradas de los que no saben volar.
(Aurora)


Ayúdate a ti mismo, y todos te ayudarán. Principio del amor al prójimo.
(El ocaso de los ídolos)


¿No es crueldad hacer participes a los demás de nuestras inquietudes y tormentos, que ellos no sufren, y sólo para hacérselos sufrir?
(Tratados filosóficos)


El que lucha contra los monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en un monstruo. Y cuando tu mirada penetra largo tiempo en el fondo del abismo, el abismo también penetra en ti.
(Más allá del bien y del mal)


19 de agosto de 2008

La enfermedad mortal.-

Entré a clases el día de ayer, pero ya estoy muriendo de cansancio.
Había olvidado inscribir un ramo (Comentario del texto literario II), por lo que ahora la cantidad de asignaturas que tendré que cursar durante el semstre ascienden a 7. Lo más probable es que termine mucho más mañosa y llorona de lo que estoy.

Y eso... No se me ocurre qué más decir sobre mi no-vida, así que dejaré el fragmento de «La enfermedad mortal» de Sören Kierkegaard, texto que de alguna manera me identifica.



«Igualmente se puede demostrar la eternidad del hombre por la impotencia de la desesperación para destruir al yo, por esa atroz contradicción de la desesperación. Sin eternidad en nosotros mismos, no podríamos desesperar; pero si pudiera destruir al yo, entonces tampoco habría desesperación. Tal es la desesperación, ese mal del yo, la Enfermedad mortal. El desesperado es un enfermo de muerte. Más que en cualquier otro mal, se ataca aquí a la parte más noble del ser; pero el hombre no puede morir por ello. La muerte no es aquí un término interminable del mal, es aquí un término interminable. La muerte misma no puede salvarnos de ese mal, pues aquí el mal con su sufrimiento y... la muerte consisten en no poder morir. Allí se encuentra el estado de desesperación. Y el desesperado podrá esforzase, a no dudar de ello, podrá esforzarse en lograr perder su yo, y esto sobre todo es cierto en la desesperación que se ignora, y en perderlo de tal modo que ni se vean sus trazas: la eternidad, a pesar de todo pondrá a luz la desesperación de su estado y le clavará a su yo: así el suplicio continua siendo siempre no poder desprenderse de sí mismo, y entonces el hombre descubre toda la ilusión que había en su creencia de haberse desprendido de su yo. ¿Y por qué asombrarse de este rigor?, puesto que ese yo, nuestro haber, nuestro ser, es la suprema concesión infinita de la Eternidad al hombre y su garantía.»

18 de mayo de 2008

Nuestra última gratitud al arte.-

Si no hubiéramos tolerado las artes ni ideado este tipo de culto de lo no verdadero, el conocimiento de la no verdad y mentira universales que nos proporciona hoy la ciencia -el reconocimiento de la ilusión y el error como condiciones de la existencia cognoscitiva y sensible- no sería en absoluto soportable. Las consecuencias de la honradez serían la náusea y el suicidio. Sin embargo, nuestra honestidad tiene una fuerza de signo contrario que nos ayuda a eludir tales consecuencias: el arte entendido como la buena voluntad de la apariencia. No siempre impedimos a nuestro ojo redondear debidamente, crear formas poéticamente definidas: y entonces no es ya el eterno inacabado lo que transportamos al flujo del devenir; porque pensamos transportar una diosa, y nos sentimos orgullosos y como niños en este servicio que le rendimos. En cuanto fenómeno estético, nos es aún soportable la existencia y mediante el arte se nos conceden el ojo, la mano y sobre todo la buena conciencia de poder hacer por nosotros mismos semejante fenómeno. ¡Debemos de vez en cuando, descansar del peso de nosotros mismos, volviendo la mirada allá abajo, sobre nosotros, riendo y llorando sobre nosotros mismos desde una distancia de artistas: debemos descubrir al héroe y también al juglar que se oculta en nuestra pasión de conocimiento; debemos, alguna vez, alegrarnos de nuestra locura para poder estar contentos de nuestra sabiduría! Y justamente porque en última instancia somos graves y serios y más bien pesos que hombre, no hay nada que nos haga tanto bien como la gorra del granujilla: la necesitamos para nosotros mismos -todo arte arrogante, vacilante, danzante, burlesco, infantil y bienaventurado nos es necesario para no perder esa libertad sobre las cosas que nuestro ideal nos exige. Sería para nosotros una recaída dar precisamente con nuestra susceptible honestidad en el mismo centro de la moral y por amor de exigencias más que severas, puestas en este punto en nosotros mismos, volvernos también nosotros monstruos y espantajos de virtud. ¡Debemos estar por encima incluso de la moral: y no sólo estarnos ahí arriba empalados, con la angustiosa rigidez de quien teme a cada momento resbalar y caer, sino, además, flotar y jugar sobre ella! ¿Cómo podríamos, por ello, prescindir del arte, incluso del juglar? ¡Mientras continuéis experimentando de algún modo vergüenza de vosotros mismos, no estaréis entre nosotros!


De «La Gaya ciencia», Friedrich Nietzsche.

5 de abril de 2008

Recursos de la autodestrucción.

Nacidos en una prisión, con fardos sobre nuestras espaldas y nuestros pensamientos, no podríamos alcanzar el término de un solo día si la posibilidad de acabar no nos incitara a comenzar el día siguiente...Los grilletes y el aire irrespetable de este mundo nos lo quitan todo, salvo la libertad de matarnos; y esta libertad nos insufla una fuerza y un orgullo tales que triunfan sobre los pesos que nos aplastan.

Poder disponer absolutamente de uno mismo y rehusarse: ¿hay don más misterioso? La consolación por el suicidio posible amplía infinitamente esta morada donde nos ahogamos. La idea de destruirnos, la multiplicidad de los medios para conseguirlo, su facilidad y proximidad nos alegran y nos espantan; pues no hay nada más sencillo y más terrible que el acto por el cual decidimos irrevocablemente sobre nosotros mismos. En un solo instante, suprimimos todos los instantes; ni Dios mismo sabría hacerlo igual. Pero, demonios fanfarrones, diferimos nuestro fin: ¿cómo renunciaríamos al despliegue de nuestra libertad, al juego de nuestra soberbia?...

Quien no haya concebido jamás su propia anulación, quien no haya presentido el recurso a la cuerda, a la bala, al veneno o al mar, es un recluso envilecido o un gusano reptante sobre la carroña cósmica. Este mundo puede quitarnos todo, puede prohibirnos todo, pero no está en el poder de nadie impedirnos nuestra autoabolición. Todos los útiles nos ayudan, todos nuestros abismos nos invitan; pero todos nuestros instintos se oponen. Esta contradicción desarrolla en el espíritu un conflicto sin salida. Cuando comenzamos a reflexionar sobre la vida, a descubrir en ella un infinito de vacuidad, nuestros instintos se han erigido ya en guías y fautores de nuestros actos; refrenan el vuelo de nuestra inspiración y la ligereza de nuestro desprendimiento. Si, en el momento de nuestro nacimiento, fuéramos tan conscientes como lo somos al salir de la adolescencia, es más que probable que a los cinco años el suicidio fuera un fenómeno habitual o incluso una cuestión de honorabilidad. Pero despertamos demasiado tarde: tenemos contra nosotros los años fecundados únicamente por la presencia de los instintos, que deben quedarse estupefactos de las conclusiones a las que conducen nuestras meditaciones y decepciones. Y reaccionan; sin embargo, como hemos adquirido la conciencia de nuestra libertad, somos dueños de una resolución un tanto más atractiva cuanto que no la ponemos en práctica. Nos hace soportar todos los días y, más aún, las noches: ya no somos pobres, ni oprimidos por la adversidad: disponemos de recursos supremos. Y aunque no los explotásemos nunca, y acabásemos en la expiración tradicional, hubiéramos tenido un tesoro en nuestros abandonos: ¿hay mayor riqueza que el suicidio que cada cual lleva en sí?

Si las religiones nos han prohibido morir por nuestra propia mano, es porque veían en ello un ejemplo de insumisión que humillaba a los templos y a los dioses. Cierto concilio consideraba el suicidio como un pecado más grave que el crimen, porque el asesino puede siempre arrepentirse, salvarse, mientras que quien se ha quitado la vida ha franqueado los límites de la salvación. Pero el acto de matarse ¿no parte de una fórmula radical de salvación? Y la nada, ¿no vale tanto como la eternidad? Sólo el existente no tiene necesidad de hacer la guerra al universo; es a sí mismo a quien envía el ultimátum. No aspira ya a ser para siempre, si en un acto incomparable ha sido absolutamente él mismo. Rechaza el cielo y la tierra como se rechaza a sí mismo. Al menos, habrá alcanzado una plenitud de libertad inaccesible al que la busca indefinidamente en el futuro...

Ninguna iglesia, ninguna alcaldía ha inventado hasta el presente un solo argumento válido contra el suicidio. A quien no puede soportar la vida, ¿qué se le responde? Nadie está a la altura de tomar sobre sí los fardos de otro. Y ¿de qué fuerza dispone la dialéctica contra el asalto de las penas irrefutables y de mil evidencias desconsoladas? El suicidio es uno de los caracteres distintivos del hombre, uno de sus descubrimientos; ningún animal es capaz de él y los ángeles apenas lo han adivinado; sin él, la realidad humana sería menos curiosa y menos pintoresca: le faltaría un clima extraño y una serie de posibilidades funestas, que tienen su valor estratégico, aunque no sea más que por introducir en la tragedia soluciones nuevas y una variedad de desenlaces.

Los sabios antiguos, que se daban la muerte como prueba de su madurez, habían creado una disciplina del suicidio que los modernos han desaprendido. Volcados a una agonía sin genio, no somos ni autores de nuestras postrimerías, ni árbitros de nuestros adioses: el final no es nuestro final: la excelencia de una iniciativa única - por la que rescataríamos una vida insípida y sin talento- nos falta, como nos falta el cinismo sublime, el fasto antiguo del arte de perecer. Rutinarios de la desesperación, cadáveres que se aceptan, todos nos sobrevivimos y no morimos más que para cumplir una formalidad inútil. Es como si nuestra vida no se atarease más que en aplazar el momento en que podríamos librarnos de ella.


-E. M. Cioran-




Texto dedicado... Pero no por su contenido.