20 de febrero de 2009

Le tambour

Anoche soñé que era presa de un ataque de vesania. Me encontraba abrumada por un trabajo para la asignatura de «tendencias literarias», en el que debía escoger un tema para desarrollar a modo de monografía, por lo que oscilaba entre la literatura nórdica como referente de la cosmovisión hispanoamericana (?) y la influencia del Panchatantra en la didáctica medieval española, específicamente en la obra de don Juan Manuel. Estaba, pues, buscando material para el informe que debía entregar al día siguiente en el momento en que era interrumpida por una prima con su nuevo novio: un viejo chascón desagradable. La cosa es que llegaban hacia mi morada intelectual (?) con su verborrea y yo estallaba en llanto, poniéndome a chillar hasta quebrar los ventanales de mi habitación.

Ha de ser la sugestión provocada por mi lectura de «El tambor de hojalata» de Günter Grass y el desasosiego que me produce la soledad, pues vacilo entre el placer de sentirme libre de toda máscara y la angustia por haber perdido gente que en realidad apreciaba. Más encima se acerca la fecha de mi cumpleaños... Todo mal.





«Pero antes de que tocara mi hojalata solté el grito vitricida que dejó sin vidrios superiores las tres desmesuradas ventanas de la clase. Los de en medio cayeron víctimas de otro grito. El tibio aire primaveral invadió sin obstáculo la clase. Que de un tercer chillido eliminara los vidrios inferiores resultaba superfluo y hasta petulante de mi parte, porque ya al ceder los cristales superiores y de en medio la Spollenhauer contrajo sus garras. En lugar de atentar por mero capricho, artísticamente discutible por lo demás, contra los últimos vidrios, Óscar habría sin duda hecho mejor no perdiendo de vista a la Spollenhauer que reculaba tambaleándose.

Dios sabe de dónde, como por arte de encantamiento, sacó la caña. En todo caso, es lo cierto que de repente estaba allí, tremolando en aquel aire primaveral que se mezclaba con el aire de la clase. Y a través de este aire mixto la hizo silbar, alentando su flexibilidad, alentando su hambre y sed de abatirse sobre la piel que revienta, alentándola a obsesionarse en el ssst, en la innúmeras cortinas que una caña es capaz de sugerir, en la satisfacción de ambas partes. Y la dejó caer como un trueno sobre la tapa de mi pupitre, de tal modo que la tinta del tintero pegó un salto violáceo, y al negarme yo a someter mi mano a los golpes, le dio un golpe a mi tambor. ¿Cómo se atrevía ella a pegar? Y si quería hacerlo, ¿por qué había de ser a mi tambor? ¿No había detrás de mí picaros despabilados en cantidad suficiente? Entonces, ¿por qué, precisamente, a mi tambor? ¿Cómo era posible que una señorita que no entendía nada, pero absolutamente nada del arte del tamboreo, se atraviera a atentar contra mi tambor? ¿Qué le brillaba en la mirada? ¿Cómo se llamaba la bestia que quería pegar? ¿De cuál parque zoológico se había escapado, qué clase de alimento buscaba, de qué andaba en celo? Óscar se creció: algo penetró en él subiendo de no sé cuáles profundidades a través de las suelas de sus zapatos, a través de las plantas de sus pies; se abrió paso hacia arriba, ocupó sus cuerdas vocales y le hizo emitir un rugido que habría bastado para dejar sin vidrios una magnífica catedral gótica de bellos ventanales luminosos y refringentes.

Produje, en otros términos, un doble chillido que pulverizó literalmente los dos lentes de los anteojos de la Spollenhauer. Con las cejas ligeramente ensangrentadas y haciendo guiños a través de los aros vacíos de la montura, fue reculando a tientas y se puso a lloriquear de un modo horrible y con una falta de dominio absolutamente impropia de una maestra de escuela pública, en tanto que la banda tras de mí enmudecía de terror, quiénes desapareciendo bajo los bancos, quiénes castañeteando los dientes. Algunos se fueron deslizando de banco en banco hacia sus madres. Pero éstas, al advertir la magnitud de los daños, buscaban al culpable y querían echarse sobre mamá, lo que sin duda habrían acabado por hacer si yo, tomando mi tambor, no me hubiera salido del banco.»

8 comentarios:

  1. En que tormento se sume la bestia cuando su territorio es violado, su silencio destronado y su aire consumido.

    Ponle llave a tu puerta...y algo asi:
    "Despojaos de esperanza y tranquilidad, perversos, si por sus ideas se entrecruza la de cruzar el umbral"...o algo asi...tu sabes mas de literatura.

    Oveja.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Con respecto a mi escrito, también está esa canción de The Bolshoi "Sunday Morning", todo mal.. jeje. Espero que todo esté mejor y ve el día de tu cumpleaños como una posibilidad de tocar el tambor.. ya sabes, que se alegre el corazón. Saludos para ud. :)

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  4. "Vacilo entre el placer de sentirme libre de toda máscara y la angustia por haber perdido gente que en realidad apreciaba". Eso es la soledad, sin más.

    Me apego completamente a los términos con los que la definiste.

    Por cierto, leer antes de dormir es peligroso. Puede crear sueños verdaderamente espantosos.

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  5. La película me pareció tremenda, quiero ya toparme con el libro.

    Un saludo, por otro lado.

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  6. www.severaemancipacion.blogspot.com22 de febrero de 2009, 16:02

    Adelante por la intromisión…

    Abrazos malditos…



    www.severaemancipacion.blogspot.com

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  7. escupo al piso, para proponerte tocar el tambor un ratito


    en la acera aver si nos animamos un momento

    quien sabe


    quizas ocurra algo magico

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Escupa.-