31 de marzo de 2010

El crimen más grande de Iván el Terrible...


Ante esas palabras, presa de demente ira, Iván salta de su asiento, esgrime su largo bastón herrado y golpea con él a su hijo, en los hombros, en la cabeza. Boris Godunov, que presencia la escena, trata de detener esa lluvia de palos. Recibe también algunos. El Zarevich se desploma con la sien abierta. Durante un instante, Iván permanece de pie, azorado, con el bastón ensangrentado en la mano, como si fuese otro quien hubiese actuado en su lugar. Luego se arroja sobre el cuerpo, cubre de besos el pálido rostro barbado cuyos ojos se extravían, e intenta en vano detener la sangre que mana de la cabeza por una profunda herida. Aterrorizado, desesperado, balbucea:

"¡Desdichado! ¡He matado a mi hijo! ¡He matado a mi hijo!"


Iván el Terrible y su hijo Iván el 16 de noviembre de 1581, por Iliá Repin


Boris Godunov se precipita en busca de socorro. Acuden servidores con jofainas de agua y lienzos. Un médico se inclina sobre el herido, examina las lesiones, menea doctoralmente la cabeza: hay pocas esperanzas. El Zarevich vuelve en sí, besa las manos de su padre y murmura: "muero como tu hijo fiel y el más sumiso de tus súbditos"

Durante cuatro días y cuatro noches el Zar aguarda, angustiado, el milagro que le devuelva esa vida tan querida. Deshecho de remordimientos, ronda por el palacio lamentándose y tirándose los pelos de la barba. Sus facciones están fláccidas, su cabello encanecido. Es un anciano agobiado por los años y las penas el que se arrastra, de tanto en tanto, hacia la habitación del moribundo y espía el movimiento de su pecho. El Zarevich respira apenas. Sin embargo, no todo está perdido. Iván vuelve a sus aposentos vacilante y se tiende, con la mirada fija en la temblorosa llama de los veladores. Cuando se duerme, agotado, las pesadillas lo persiguen. Despierta sobresaltado y se precipita ante los íconos. De rodillas, promete a Dios dejar de infligir torturas, liberar a los prisioneros, construir iglesias, repartir el resto de su fortuna entre los pobres. Pero el cielo permanece sordo a su voz. Ya el metropolitano ha administrado los últimos sacramentos. El 19 de noviembre de 1581, el Zarevich expira. Todas las campamas de la aldea tañen a duelo. Iván, deshecho, sollozando, con el pecho sacudido por espasmos, permanece varios días junto al cadáver de su víctima. Se niega a dormir y a alimentarse. Asesino del Zarevich, se siente doblemente culpable: porque ha matado a su hijo y porque ese hijo era el heredero del trono. Al eliminarlo en un acceso de ira, ha ofendido a Dios y a Rusia al mismo tiempo.


Iván el Terrible: Zar y gran príncipe de todas las Rusias, Henry Troyat



Iván el Terrible meditando en el lecho de muerte de su hijo Iván, por Vyacheslav Grigorievich Schwarz